El Otro es parte de la ecuación y, si me apuran, su variable principal, porque la cámara que lo enfoca, o sea el artista, se nos aparece más como un punto fijo, o un elemento neutro, y el resultado de la combinación de ambos factores, sea este la obra o algo más, es del dominio de lo inefable, por definición. El juego es precisamente ese: mostrarnos aquello que sólo el artista puede realmente interpretar. La perversidad y la sorna son consustanciales a la práctica neovanguardista y aquí afloran por doquier, centrados en “momentos mínimos”, jugando en ocasiones con el contraste entre el virtuosismo académico y la vetada infraplasticidad del bolígrafo; de ahí que esa estética haya quien la relacione, por ejemplo, con el concepto de “falsificación auténtica” de Luc Tuymans.
El Otro tal vez sea el artista. “Hay alguien que se lo está pasando bien y no eres tú, imbécil”, sentenciaban refiriéndose al espectador Jaio y Montornés a colación de mi obra. Comprendo ahora, que esa frase es perfecta y más rica en sugerencias que la mayoría de las obras de Koons y Steinbach, apóstoles de lo que Hal Foster llamó “la escultura de bienes de consumo” en su El retorno de lo real, 1996. Me pregunto si no la vida de artista ha de ser por decreto, en la era de la demistificación mercantilizada y museable, algo parecido a una perenne orgía, una convivencia y connivencia con personajes perfectamente dispuestos a elevar su desinhibición o su insensatez a la categoría de virtudes cardinales y a inmortalizarlas consecuentemente; claro está, hablamos ya del reality show paradigmático, modelo o guía en nuestro deambular por la distopía psíquica, pero en realidad la mera observación de mi obra expulsa al espectador de la bacanal relegándolos al papel de mirones imbéciles: primero hay un entendimiento entre el personaje de la foto y yo –como autor– y después aparece un juego perverso con el espectador, que es un poco voyeur de la vida sentimental ajena. El arte, el cuadro como fiesta privada a la que no hemos sido invitados, probablemente el artista tampoco está realmente invitado a su propia vida sentimental: todo sería, de nuevo, el retrato de una simulación.
El Otro puede ser el momento representado, es decir, lo vuelto a presentar, pero también reconstruido ya que pertenece a otra realidad distinta de la obra en si. Por lo tanto mi obra no es en absoluto tan escéptica como se podría entender, pues tal y como decidí pintar por que sí, en un ejercicio creo que de honestidad como pienso que debe ser toda labor artística en estos tiempos de imposturas, mi obra trata de lo que conozco y de mi entorno, de mi vida, de lo que me gusta y lo que hago, de amigos, amantes, momentos de absurda cotidianidad, extrañamente comunes, hedonismo doméstico con unos toques de delirio y surrealidad de andar por casa. El que se cite El retorno de lo real fosteriano o Contra la interpretación (1966) de Susan Sontag, donde se defiende que la fotografía no es realista sino surrealista al “destruir el significado convencional y crear nuevos significados o contra-significados a través de una yuxtaposición radical”, no significa que mi trabajo sea una mera consecuencia ilustrada de las teorías estéticas de moda sino que, al contrario, es mi propia biografía -la del artista hoy, y especialmente la del pintor culpable de pintar, penúltimo mito- la que es analizada a posteriori por estos autores.
El Otro puede ser el individuo que el artista representa en la obra. No pinto el reality televisado, sino el mío propio, y es así como ambos coinciden en el plano. Las imágenes que constituyen mi obra pictórica representan momentos muy puntuales, de manera separada e independiente del contexto en el que se produjeron, desconectándolos así de la narrativa de la sucesión de apariencias posteriores que es la realidad, y que la dota de sentido y significado. Ese contexto desde el que se toman pertenece a una esfera privada y personal y como tal, bajo una mirada diferente de la del protagonista o el autor, se definen como imágenes de una memoria que no es la del espectador y por lo tanto desvinculadas de su significado, como sucede con las conversaciones descuartizadas de El ángel exterminador. Pero percibimos algo que subyace en la realidad porque aunque lo real sigue siendo aquello infinito que no se desvela, que se escapa fluyendo siempre sin detenerse, que amplía sus fronteras, revela algo cuando deviene sur o sub real. Y aunque es difícil definir esa impresión, podemos plantearnos que uno debe hacerse su propia óptica y entiendo por óptica una visión lógica, es decir, sin nada de absurdo Lo que él ve realmente sólo puede existir en el cuadro, puesto que todo lo demás es insensato, mudo e incomprensible: es de nuevo la forma en sí misma de la obra (aquí plena conscientemente vaciada de contenido y de sentido) y la labor del artista, lo único que en realidad vemos (y accesoriamente, lo que permite distinguir al arte de su simulación).
El Otro sería incluso el individuo que representa al artista en la obra, sin ser éste el artista.
El Otro es, al fin, el Doppelgänger.
El Otro tal vez sea el artista. “Hay alguien que se lo está pasando bien y no eres tú, imbécil”, sentenciaban refiriéndose al espectador Jaio y Montornés a colación de mi obra. Comprendo ahora, que esa frase es perfecta y más rica en sugerencias que la mayoría de las obras de Koons y Steinbach, apóstoles de lo que Hal Foster llamó “la escultura de bienes de consumo” en su El retorno de lo real, 1996. Me pregunto si no la vida de artista ha de ser por decreto, en la era de la demistificación mercantilizada y museable, algo parecido a una perenne orgía, una convivencia y connivencia con personajes perfectamente dispuestos a elevar su desinhibición o su insensatez a la categoría de virtudes cardinales y a inmortalizarlas consecuentemente; claro está, hablamos ya del reality show paradigmático, modelo o guía en nuestro deambular por la distopía psíquica, pero en realidad la mera observación de mi obra expulsa al espectador de la bacanal relegándolos al papel de mirones imbéciles: primero hay un entendimiento entre el personaje de la foto y yo –como autor– y después aparece un juego perverso con el espectador, que es un poco voyeur de la vida sentimental ajena. El arte, el cuadro como fiesta privada a la que no hemos sido invitados, probablemente el artista tampoco está realmente invitado a su propia vida sentimental: todo sería, de nuevo, el retrato de una simulación.
El Otro puede ser el momento representado, es decir, lo vuelto a presentar, pero también reconstruido ya que pertenece a otra realidad distinta de la obra en si. Por lo tanto mi obra no es en absoluto tan escéptica como se podría entender, pues tal y como decidí pintar por que sí, en un ejercicio creo que de honestidad como pienso que debe ser toda labor artística en estos tiempos de imposturas, mi obra trata de lo que conozco y de mi entorno, de mi vida, de lo que me gusta y lo que hago, de amigos, amantes, momentos de absurda cotidianidad, extrañamente comunes, hedonismo doméstico con unos toques de delirio y surrealidad de andar por casa. El que se cite El retorno de lo real fosteriano o Contra la interpretación (1966) de Susan Sontag, donde se defiende que la fotografía no es realista sino surrealista al “destruir el significado convencional y crear nuevos significados o contra-significados a través de una yuxtaposición radical”, no significa que mi trabajo sea una mera consecuencia ilustrada de las teorías estéticas de moda sino que, al contrario, es mi propia biografía -la del artista hoy, y especialmente la del pintor culpable de pintar, penúltimo mito- la que es analizada a posteriori por estos autores.
El Otro puede ser el individuo que el artista representa en la obra. No pinto el reality televisado, sino el mío propio, y es así como ambos coinciden en el plano. Las imágenes que constituyen mi obra pictórica representan momentos muy puntuales, de manera separada e independiente del contexto en el que se produjeron, desconectándolos así de la narrativa de la sucesión de apariencias posteriores que es la realidad, y que la dota de sentido y significado. Ese contexto desde el que se toman pertenece a una esfera privada y personal y como tal, bajo una mirada diferente de la del protagonista o el autor, se definen como imágenes de una memoria que no es la del espectador y por lo tanto desvinculadas de su significado, como sucede con las conversaciones descuartizadas de El ángel exterminador. Pero percibimos algo que subyace en la realidad porque aunque lo real sigue siendo aquello infinito que no se desvela, que se escapa fluyendo siempre sin detenerse, que amplía sus fronteras, revela algo cuando deviene sur o sub real. Y aunque es difícil definir esa impresión, podemos plantearnos que uno debe hacerse su propia óptica y entiendo por óptica una visión lógica, es decir, sin nada de absurdo Lo que él ve realmente sólo puede existir en el cuadro, puesto que todo lo demás es insensato, mudo e incomprensible: es de nuevo la forma en sí misma de la obra (aquí plena conscientemente vaciada de contenido y de sentido) y la labor del artista, lo único que en realidad vemos (y accesoriamente, lo que permite distinguir al arte de su simulación).
El Otro sería incluso el individuo que representa al artista en la obra, sin ser éste el artista.
El Otro es, al fin, el Doppelgänger.

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The Other is perhaps the artist. "There is someone who is having fun and it isn’t you, asshole", referring to the viewer, wrote Jaio and Montornés talking about my work. I understand now that this phrase is perfect and more full of suggestions than the great majority of works by Koons and Steinbach, apostles of what Hal Foster called the sculpture of consumer goods in his The Return of the Real, 1996. I wonder if the artist's life must be by decree, at the age of the demystification changed into market and museum pieces, something like a perpetual orgy, a life with characters perfectly willing to raise their disinhibition or their folly to the category of cardinal virtues and being immortalized this way. Of course, we are already talking about the reality show exemplary, model or guide of our wandering around the psychic dystopia, but in reality the mere observation of my work ejects the spectator from the bacchanal, puting him in the role of a stupid voyeur: First there is an understanding between the person in the photo and I, as the author, and later, a perverse game with the audience, which is a voyeur of the sentimental life of others. Art, the painting as the private party where we have not been invited, and probably the artist is not really inviting you to his own sentimental life: everything would be, again, the portrait of a simulation.
The Other may be the moment represented, what is being presented again, but also reconstructed, because actually it belongs to some other reality than the artwork itself. So my work is not nearly as skeptical as you might understand, since, as I decided that painting itself might be an exercise in honesty, as I think should be any artistic work in these times of shams. My work talks about what I know and my surroundings, my life, what I like and what I do, friends, lovers, everyday moments of absurd, strangely common moments, domestic hedonism with a touch of surreality delirium and homespun. The quote of Foster’s "The return of the real" or "Against Interpretation" (1966) by Susan Sontag, which argues that photography is not realistic but surrealistic, because by “destroying conventional meaning and creating new meanings or counter-meanings through radical juxtaposition”, it doesn’t mean that my work is merely a erudite consequence of trendy aesthetic theories but on the contrary, it is my own biography (the artist’s today, and especially the painter feeling guilty of painting, the last myth) which is analyzed retrospectively by these authors.
The Other can be the one who is represented in the artist's work. I do not paint the reality televised, but my own one, and that is how both of them match up on the plan. The images that are my paintings represent very specific moments, separately and independently of the context in which they occurred, disconnecting them from the narrative of the succession of subsequent appearance that is reality, and that gives them meaning and significance. That context from which they are taken belong to a private and personal sphere and as such, under a different view from that of the protagonist or the author, are defined as images from a memory that does not belog to the viewer and therefore disconnected from their meaning, like the dismembered conversations of Buñuel’s El Ángel Exterminador. But we perceive something behind reality, because although reality remains like the infinity is never revealed, it escapes always flowing without stopping, extending its borders, revealing something when it becomes sur or sub real. And although it is difficult to define such an impression, we should have our own perspective and I understand optic as a logical vision, without any absurdiness. What he sees really can only be seen in the painting, because everything else is foolish, dumb and incomprehensible: it is again how the artwork itself (here fully consciously emptied of content and meaning) and the work of the artist, the only thing we actually see (and incidentally, what distinguishes the art of simulation).
The Other would be the one who represents the artist in the artwork without being the artist himself.
The Other is, finally, the Doppelgänger.
