"No puedo ir ya contigo, Peter. He olvidado volar, y…
Wendy se levantó y encendió la luz: él lanzó un grito de dolor…"
J.M. Barrie. Peter Pan
1. Ciento sesenta y un palabras para viajar a horcajadas de la sintaxis. Cada una un calambre encadenado que nos lleve a un lugar que no haya sido antes, que no se pueda describir, que forme parte del deseo, que no quepa degradar. Nuestras manos corrompen lo que tocan; el deseo se agosta, la belleza se agria. Nunca podemos volver al mismo sitio. (Incluso en el caso de que ese lugar no se haya vuelto irreconocible, el paso del tiempo nos ha hecho irreconocibles a nosotros). No vuelvas. Lo que temíamos ya ocurrió. Mejor imaginárselo tras esas dos palabras capaces de encender la imaginación, de prender la pólvora del viaje antes de dar el primer paso, de encaminarse a comprobar que hay un lugar a salvo de nuestra capacidad para corromperlo todo, empezando por nosotros mismos, que entre las abscisas y ordenadas del cuerpo llevamos inscrita la fecha de caducidad, futura calavera, tibias y todo lo demás.
2. Setenta y cuatro palabras para darnos cuenta de que entre nómadas y sedentarios se siguen dirimiendo buena parte de los litigios, tanto los que llegan a derramar sangre como los que ya resolvemos nuestras disputas de manera civilizada: los que prefieren permanecer en el mismo lugar frente a los que en cuanto tienen la oportunidad se lanzan al camino. Ya sabíamos, el camino era la metáfora clásica de la existencia.
3. Doscientas noventa y seis palabras para glosar el borgiano «ver es recordar», en insistir que todo viaje no es más que una ilusión, aunque todos podamos esgrimir argumentos de carne y hueso, con rasguños en la cuenta corriente y en el escudo de la tarjeta de crédito, fotografías químicas y digitales (ay, cada vez más digitales, y por tanto más efímeras, más proclives a la evaporación, como a fin de cuentas todas nuestras obras, incluso las presas y monumentos que soñábamos perpetuos), direcciones, digestiones, heridas, picaduras, recuerdos, que atestiguan que hemos estado allí donde decimos que hemos ido, que es posible ir, que no está del todo degradado por los que nos precedieron y por los que nos seguirán. La memoria es una fábrica, aunque, y le vuelvo a ceder la pluma (metáfora burda y socorrida: el ordenador es la pluma de esta época que no tuvo tiempo de cantar Marina Tsvietáieva). La memoria es una oficina de objetos perdidos. Nos frotamos los ojos con puños que han crecido tanto que ya no nos caben los primeros guantes de perlé y al mismo tiempo nos quedan holgados los guantes de boxeo que nunca nos enfundamos. Nos lavamos las pupilas con agua de rosas para ver como si fuera la primera vez. Nos preparamos para un viaje que nos redima del tiempo dedicado al oficio de vivir mientras nos damos cuenta de que dilapidamos el tiempo de que disponemos para cambiar la historia (hablo de la íntima, que la revolución se quedó en un archipiélago de cementerios bajo la Luna), pero ¿quién expide visados para tierras ignotas, fuera del espacio y el tiempo de nuestra inconmensurable derrota?

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