"Creemos que hemos descubierto en una gruta maravillosos tesoros y cuando volvemos a la luz del día sólo traemos con nosotros piedras falsas y trozos de vidrio; y sin embargo en las tinieblas relumbra aún, inmutable, el tesoro."
M. Maeterlinck
Nos quedan pocas opciones, se levanta uno cada día a media tarde, solo o acompañado, si se levanta, y no hay casi nada, la resaca manifiesta, ya se sabe, no mucho más que esta erección ostentosa proyectada, como la rallita que cruza de manera oblicua un círculo, formando el signo de vacío, así ∅, constatando y cercando la nada, la soledad inexacta, y a la vez lo que me colgaba, cigüeñal antropomorfo, con configuración interfaz de funcionamiento estocástico, lo que tenemos de naturaleza pétrea, inabarcable, imprecisa y salvaje: qué real y lírica que es la biología, qué sutil e irónica. Meada matutina, peinado correcto, un café se retuerce en el estómago vacío. Las variadas opciones circunstanciales, momentáneas, desde el yoga tántrico hasta hacer la colada, no son las opciones esenciales, las verdaderas, pocas, dos: elegir entre las horas perdidas imprecisas de la búsqueda o la cierta efectividad de lo baladí, lo que está ahí, escoger entre la soledad de los largos pasillos o la erosión de la luces de neón, entre lo único y lo gregario, entre el arte y la nada.
Así, hay vidas que se presentan y se desarrollan desde un principio como un viaje al fracaso consciente, como el desove del salmón, como el coito de la mantis, en algunos este camino sin retorno se puede manifestar en la destrucción de la persona (Sade) con el corazón de par en par sobre el légamo, en otros casos el fracaso conlleva a la destrucción del artista (Rimbaud) de cráneo desnudo; y a pesar de parecer una dialéctica recurrente y simplificada, se la puede entender más desde la honestidad, infrecuente, que desde la efectividad y/o calidad de la obra artística, el resultado, ese juez implacable, finalmente es la voluntad de la vida vivida la que define la obra como tal. La altura de las expectativas son directamente proporcionales a la posibilidad de la decepción. Aforismo. Esta sinceridad contrasta así con el hartazgo de lo mediocre (dios, cuánta mierda), la psicología barata y filosofía de herbolario, tantos paulocoelhos por ahí sueltos, todo tan trillado, aburrido, tan reconocible, con una eficacia mecánica, como de triste objeto fabricado en serie, como son las vidas y como no deben ser las vidas. Pocas salidas quedan para ejercer la verdadera existencia que no sean desde esa honestidad, el rigor y compromiso con lo personal y único que nos conforma a todos y a casi todos inútilmente. Es muy fácil, ejemplos me sobran, situarse a rebufo de lo que se sabe, del estándar obligado, de lo institucional e institucionalizado, de lo que ya está ahí, instalado en el éxito, avanzando desde los caminos iluminados y pavimentados, sin aventurarse en los márgenes oscuros y confusos de la existencia; son estos márgenes los que generalmente conducen al ser nuevo y excepcional, al arte con mayúsculas, pudiendo abrir así, a golpe de vida, a golpe de coito salvaje, generador también de vida, vías originales y diferentes. Sin embargo, como el desove del salmón o el coito de la mantis, en la mayoría de los casos tan sólo queda un rastro de cadáveres y un mal sabor de boca: muchos estos intentos conducen a la obra fallida, a la insatisfacción del que siempre quiere más vida en la vida, al experimento confuso, al fracaso, la insatisfacción del que siempre desea más de todo, más placer, más dolor, más todo. Es en esta frustración en donde se instala la voluntad real victoriosa del ser, y no en el miedo tenso del eyaculador precoz, del no estar a la altura, del cobarde, miedo que lleva al tan frecuente arte clónico, vidas clónicas, a hacer lo que funciona, porque ha funcionado en otros, lo convencional, al simulacro, a la impostura que precede inevitablemente al lecho de muerte. Este es el único fracaso verdadero como persona y debe ser el único miedo real del poeta, vivir lo que viven todos. A eso le podemos sumar las circunstancias puntuales, el entorno que sólo se le puede entender por medio de las drogas abundantes y/o litros de alcohol, desde la inconsciencia consciente, la su generalizada banalidad institucional, el ensalzamiento del inútil, con su monumento al mediocre (des)conocido, y los elementos jerárquicos de lo local, figurillas de un belén viviente, es decir, pequeñas, inmóviles, plastificadas. Obtenemos como resultado de esta operación un paisaje desolador, un páramo de limo untuoso, que alejado de la realidad se mira el ombligo, se recrea con su sola existencia y llega incluso a considerar la insignificancia como la principal de sus virtudes.
Estos parámetros son claves, son mis circunstancias, es la complejidad que nos redefine a cada instante, frente a ellos, desde la antítesis y la ironía, desde la insatisfacción, desde los comienzos convulsos, desde la complejidad y la insuficiencia de un lenguaje, los comienzos irregulares, elegir esto en lugar de hacer algo de provecho, ser ingeniero de vocación insuficiente, profesor abusador de menores o algo por el estilo. Todavía estamos a tiempo. Todo esto, comienzos insensatos, años vagamente borrosos por los vapores del alcohol, no nos eximen de ninguna culpa, responsabilidad que, desde un entorno definitorio en el que, como un estudiante Törless o un personaje de Salinger, se intenta aprehender las contradictorias circunstancias personales, inscribo la vida en sí, desde la objetividad como de viaje astral fruto de una inteligencia desenfocada por la juventud. Y ya se sabe, la juventud, lo dice Villon citando el Eclesiastés, no es más que abuso e ignorancia; hay pues un carácter general semioculto oscuro y triste, pesimista, ocultado por experiencias crispadas y graves problemas de alcoholismo compulsivo, desde los ataques etílicos de histrionismo autodestructivo, de cinismo recurrente, como siendo consciente y evitando constatar así lo que decía Hegel, que la única conciencia posible de la vida es la conciencia del mal de la vida. Pero no pensemos en eso. Al menos no por ahora.
Como digo, se levanta uno cada mañana con ese ejercicio diario de erección agresiva y ostentosa, innecesaria en la soledad de la cama, aunque por otra parte no habría en el mundo destinataria digna de tal alarde eréctil, dirigido contra la nada. Descubrimos lo que tenemos de émbolo, cigüeñal antropomorfo, con configuración interfaz Güindos Equis Pe, es decir de funcionamiento irregular, lo que tenemos de naturaleza inabarcable, imprecisa, salvaje y bárbara, de la jungla que nos habita. Y me pregunto, ¿qué muestra de amor más podría ocasionar semejante despropósito que el amor a sí mismo, metafóricamente proyectado en la oxigenación de unos cuerpos cavernosos y sanguinolentos o quizá la presión del paquete intestinal y las féculas contra la médula? Eso es todo. Qué real y lírica que es la biología, qué sutil e irónica.
Después la vida sigue. Porque cada mañana intenta uno hacerse un peinado ideológico impecable, sin embargo con un jardín salvaje en la cabeza es como mejor se va por la vida. Que te quede claro.
